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Blog: Tu fuente para temas relacionados con la Colección Frontera

The music business is bloated with award shows that serve as mass marketing events, meant to magnify artist exposure and, hopefully, boost record sales. But there are certain honors that have a timeless impact beyond immediate commercial gain. These are tributes that, rather than publicity, bestow prestige on artists and serve to enhance the legacy of their recordings.
            Such is the case with the National Recording Registry (NRR), an exclusive roster curated by the Library of Congress for recordings deemed of special historical significance. Since 2002, the registry has annually added recordings considered to be “audio treasures worthy of preservation for all time based on their cultural, historical or aesthetic importance in the nation’s recorded sound heritage,” according to the program’s website.

Nota del editor: En esta parte de la historia sobre La Adelita, conocemos a algunas de las verdaderas soldaderas reconocidas como líderes revolucionarias, repasamos algunas de las representaciones sexistas en los medios de comunicación modernos, y cerramos con la restauración de esta mujer guerrera como símbolo universal de la liberación.

Muchos países tienen imágenes icónicas e himnos no oficiales que captan la esencia del espíritu nacional. En los Estados Unidos, hay la melodía viva de “Yankee Doodle Dandy”. A veces, bastan unas pocas palabras para evocar una causa familiar y su importancia histórica. Rosie la Remachadora. Las sufragistas. Los minutemen coloniales. Podemos visualizarlos fácilmente en nuestra mente, con cualquier nostalgia u orgullo nacional que ello conlleva.

En México, una figura femenina icónica encarna esa importancia cultural e histórica. La Adelita, un personaje mítico compuesto, representa a las miles de mujeres desconocidas que se unieron a la Revolución de 1910, en la cual desempeñaron diversos papeles clave en el levantamiento popular que derrocó la dictadura eurocéntrica de Porfirio Díaz.

         Los amantes de la música que exploran la Colección Frontera en busca de sus canciones favoritas pueden sentirse ocasionalmente decepcionados o incluso perplejos. Por ejemplo, ¿cómo podría un archivo musical dedicado a la música mexicana americana no contener los célebres álbumes de Eydie Gorme y Trio Los Panchos? Esos títulos de Colombia fueron grandes éxitos entre los mexicoamericanos en la década de 1960 y se han mantenido como estándares desde entonces.

              Este año se celebró el 50º aniversario de la Moratoria Nacional Chicana, la masiva marcha antiguerra en el Este de Los Ángeles, que tuvo lugar el 29 de agosto de 1970. El hito inspiró importantes retrospectivas entre los medios de comunicación sobre el impacto de esta manifestación galvanizadora, citando las incursiones realizadas por los chicanos en la política, la educación superior, el periodismo y las artes.

                 Un verdadero coleccionista de discos es más que un mero aficionado a la música. Los coleccionistas también son en parte historiadores, en parte archiveros, en parte cazadores de tesoros y en parte detectives. Miran los discos como si fueran artefactos arqueológicos, analizándolos en busca de pistas sobre una cultura y forma de vida en particular, en un tiempo y lugar específicos.

                 Incluso la etiqueta de precio común, por ejemplo, puede ofrecer una visión tentadora de la vida de un disco, especialmente uno que sigue circulando, pasado cariñosamente (se espera) de mano en mano. Te dice dónde se detuvo ese disco en su camino desde el fabricante hasta el mercado. Y te permite imaginar los detalles de esa estadía en el mercado.

             La carrera discográfica de Margarita La Chaparrita fue modesta y duró poco tiempo, pero fue notable de todas formas. Después de luchar con una serie de relaciones traumáticas y criar a siete hijos con escasos recursos, la cantante, cuya carrera comenzó más tarde de lo normal, decidió formar su propia banda a la mediana edad, cuando la mayoría de las madres están preparándose para la jubilación.

            “Recuerdo que yo siempre la escuchaba cantar en su cocina mientras preparaba la cena y yo sabía que la música era una pasión secreta para ella,” dijo su hija, Diana Benavides-Arredondo. “En cuanto había terminado de criar a todos sus hijos, fue a por ello. Cuando tenía cuarenta y muchos y sufría del síndrome del nido vacío, formó una pequeña banda mexicana y nació Margarita La Chaparrita y su Conjunto.”

             La pandemia de coronavirus tiene todos los ingredientes de un corrido, la balada narrativa histórica de México. La crisis de salud pública ha traído miedo, muerte, tragedia y conflicto social, todos los cuales han sido temas de esta forma de canción desde antes de la Revolución Mexicana.

                 “Perfidia” se ha mantenido como una de las canciones más apreciadas y duraderas del cancionero latinoamericano. Compuesta hace más de 80 años por el mexicano Alberto Domínguez, se consagra como uno de esos estándares eternos que sigue inspirando a los artistas y resonando entre los amantes de la música, tanto jóvenes como ancianos.

                  Recientemente, escuché la memorable melodía de la canción mientras miraba una nueva película en Netflix, la película española Vivir Dos Veces (2019), de la directora barcelonesa María Ripoll. La película se trata de un envejecido profesor de matemáticas llamado Emilio, un viudo solitario que se hunde en las terroríficas etapas iniciales de la demencia. Explora cómo él y su pequeña familia, una hija que se hace cargo de la situación y una nieta precoz, manejan la crisis.

               Había un espíritu caluroso y jovial este último noviembre en un club de San Francisco llamado The Chapel (La Capilla) durante los Second Annual Arhoolie Awards and Benefit Concert (Segundo Concierto Benéfico y Premios Anuales de Arhoolie), un espíritu que era instantemente envolvente. Yo nunca había asistido a uno de estos celebrados eventos patrocinados por la organización de música de raíces, pero me sentía inmediatamente en casa.

             Durante los servicios funerarios para el querido cantante de pop de México José José este mes, se tocaba una canción que seguramente llegaba al corazón de la mayoría de los mexicanos, especialmente los que miraban desde lejos. La canción se llama “La Golondrina,” un auténtico himno que por más de un siglo ha contribuido un toque de nostalgia a los momentos de pérdida, despedida, y exilio.

            Parte de la frustración de crear un archivo musical como la Colección Frontera es la falta de información fiable y fácilmente disponible para cada grabación. Datos claves—como las fechas de lanzamiento, acompañamiento, la atribución a los músicos, y las ubicaciones de los estudios—muchas veces faltan o simplemente están fuera del alcance de los investigadores.

Hasta su reciente muerte, la cantante Rita Vidaurri (1924–2019) restaba como la última estrella que sobrevivía de lo que se considera una Época Dorada para las vocalistas de San Antonio, durante las décadas de 1930 y 1940. Como sus contemporáneos Eva Garza (1917-1966), Rosita Fernandez (1919-2006), y Lydia Mendoza (1916-2007), Vidaurri se aprovechó de la vibrante escena de música mexicoamericana en la ciudad de Alamo para lanzar una carrera internacional, compartiendo el escenario mundial con superestrellas como Nat “King” Cole, Pedro Infante y Celia Cruz.

Los Donneños, un dueto formado a los fines de la década de 1940 en el Valle del Río Grande del Sur de Texas, fueron pioneros en la evolución de la música norteña durante la década de 1950. Llegaron a ser uno de los primeros grupos Tex Mex que encontraron el éxito por los dos lados de la frontera.

            El histórico dueto fue formado por dos músicos, Ramiro Cavazos en guitarra y Mario Montes en acordeón. Los dos vinieron del estado fronterizo mexicano de Nuevo León, pero solo se conocieron después de mudarse al lado estadounidense del Río Grande.

             Entre los mexicoamericanos aculturados, solo un puñado de canciones mexicanas han logrado gozar de una gran popularidad y una significancia cultural especial por este lado de la frontera. Algunas llegan a ser canciones icónicas, con letras y melodías memorizadas por los hijos y nietos de inmigrantes.

México a mediados del siglo era la sede del entretenimiento latinoamericano, un líder en la música y la producción cinemática para todo el continente. Pero penetrar esa institución no era fácil, especialmente para un forastero.

            “Escucha, México en la época era un búnker extremo del nacionalismo,” dijo el director artístico de Odeon Chile, Rubén Nouzeilles, en una entrevista en un sitio web de la música chilena. “Nadie podía ir allá a cantar boleros porque eso era el patrimonio de los mexicanos, igual como nadie se atrevería a ponerse un sombrero charro e ir a competirse (con una estrella de mariachi). Lucho Gatica, aparte de ser un gran artista, era también un conquistador.”

                Y la conquista fue veloz. El cantante se incorporó rápidamente a la nobleza del bolero en México. Pronto producía éxito tras éxito, presentando su propio programa de televisión y haciendo una serie de películas con las estrellas más importantes de México.

           Por la mayor parte del siglo XX, el mundo del pop latino fue dominado por una puñalada de países—México, Cuba, Argentina, y claro, España. Pero durante la década de 1950, una excepción a esa regla se convirtió en un éxito. Su nombre era Lucho Gatica, y era de Chile.

          Gatica salió de un pueblito del centro de Chile y llegó a ser uno de los vocalistas latinoamericanos más populares de todos los tiempos. En una carrera que abarcó 70 años, vendió millones de discos en todo el mundo, llenaba teatros y estadios desde Madrid hasta Manila, protagonizó películas, y llegó a ser una celebridad en Hollywood, donde sus amigos incluían Frank Sinatra y Ava Gardner.

           El Mes de la Herencia Hispana no es lo que era antes. Este año, parece haber llegado y pasado sin fanfarria mayor. Tal vez es que la celebración ha perdido su propósito, ya que la cultura latina se ha hecho más convencional desde que la celebración fue lanzada por el Presidente Lyndon Johnson a la cima de la era de los Derechos Civiles.

La Colección Frontera no es un archivo de biblioteca estático que coleccione polvo digital. Está diseñado para ser un recurso cultural dinámico e interactivo, abierto a las contribuciones de investigadores y aficionados de música, como también de los amigos y familiares de los miles de artistas representados en esta incomparable colección de discos.

Muchos seguidores de Frontera han empezado a ofrecer su retroalimentación, comentarios, información, y aprecio. En algunos casos, sus misivas nos dirigen a joyas escondidas en la colección que de otra manera tal vez se habrían pasado por alto.

Así fue el caso del mes pasado cuando un aficionado de música de Caracas, Venezuela, nos contactó sobre una canción llamada “Ay Trigueña!” por Dúo Espín–Guanipa, un dueto de guitarra y voz en un disco de Victor de 78 rpm. Yo nunca había escuchado de los artistas ni de esta bonita canción a la antigua sobre el anhelo de un hombre por el amor de una hermosa mujer con una tez el color de trigo.

Todo género y subgénero tiene sus figuras celebradas. A veces llegan a ser famosos internacionalmente, como la leyenda de conjunto Flaco Jiménez o el pianista afrocubano Rubén González, famoso del Buena Vista Social Club.

            Cuando Jimmy González, el legendario músico tejano, se murió el mes pasado, la triste noticia no apareció en los periódicos del mundo. Pero en Texas, los aficionados lamentaron la pérdida del querido cofundador del grupo Mazz, una banda imponente en la música tejana moderna. Su muerte el 6 de junio y las conmemoraciones que siguieron salieron en las noticias generales de la televisión tejana y en los periódicos importantes en inglés en ciudades como Houston y San Antonio.

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