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La Chilena: Una Migración Musical Mexicana

Yo he escuchado la música latina toda mi vida, especialmente la música mexicana.  Así que no son todos los días que descubro un nuevo género, con su propia historia especial. Pero es exactamente eso que ocurrió recientemente mientras investigaba las canciones sobre los desastres en la Colección Frontera. El género que descubrí completamente por casualidad se llama La Chilena. Y aunque lleva el nombre del país en Sudamérica, el estilo de canción y de baile viene de la zona costal del sur de México conocida como La Costa Chica, a lo largo de los estados de Guerrero y Oaxaca.

Como sugiere su nombre, las raíces del genero se encuentran en el estilo de música folk característico de Chile, llamado la cueca. En México, ha evolucionado como una forma indígena distintiva, fusionándose con estilos locales, como veremos en un momento. Puede ser discordante encontrar una forma musical trasplantada a un lugar inesperado. ¿Entonces, cómo ocurrió en este caso?

 

La historia nos dice que el estilo fue traído al sur de México por marineros de Chile, empezando a principios del siglo XIX. La llegada de los chilenos y de su cultura a las costas sureñas de México es rastreada al barco Araucano, que atracó en Acapulco en diciembre de 1821, según una cuenta atribuida al autor chilena Pablo Garrido en su libro de 1979, Historial de la Cueca. El Araucano era el barco delantero en una flota enviada por el liberador chileno Bernard O’Higgins (1778-1842) para ayudar a los mexicanos en su revuelta contra España. Para cuando llegó el barco, ya se había ganado la independencia. Así que los marineros chilenos le entraron a la celebración de la mejor manera que sabían, y cantaron y bailaron la cueca tradicional en las calles con sus jubilosos anfitriones mexicanos.

El influjo de barcos de Chile se intensificó durante la Fiebre de Oro de California a mediados del siglo XIX. Dirigiéndose hacia el norte en busca de las riquezas, navíos chilenos llenos de mineros y prospectores se paraban en camino en los puertos mexicanos, desde Acapulco en Guerrero hasta Puerto Escondido en Oaxaca. Muchos decidieron quedarse, que añadió otra infusión de la cultura chilena a la Costa Chica

Una breve recapitulación de esta historia se encuentra en este video[.1]  de YouTube de TV Chile con el título “La Chilena Mexicana.” Al principio, un joven que habla en rima hace la siguiente proclamación: “Saludos de Pinotepa, donde nació la chilena.”

Se refiere a la cuidad cuyo nombre oficial es Santiago Pinotepa Nacional. Pero su afirmación es debatible, ya que otras fuentes dicen que otro pueblo, Santiago Jamiltepec, sitio donde ocurre el festival anual de la música, es la verdadera cuna de la chilena. Sea como sea, fue al leer sobre Pinotepa que yo descubrí el género. En mi último blog sobre las canciones de desastre, escribí sobre la canción, “Cataclismo en Pinotepa,” que describe un pánico público que agarró a los residentes de Pinotepa en 1977 después de predicciones hechas por científicos en los Estados Unidos sobre un terremoto. La canción fue escrita por el difunto Higinio Peláez Ramos, un compositor e intérprete con profundas raíces familiares en la Costa Chica. Mientras investigaba su historia, descubrí que era comprometido a la preservación y promoción de la rica música popular de la región, incluso la chilena. Y eso fue lo primero que supe del género trasplantado.

Arraigándose en México, la chilena ha evolucionado a una forma indígena distintiva, muy aparte de la cueca original. Hoy, los vestigios andinos que quedan en el estilo mexicano son básicamente el ritmo de la cueca, el tempo 6/8 y el uso de un pañuelo por los bailadores, según el artículo, “La Chilena en Guerrero” de un excelente sitio web pedagógico de Chile.

“Una vez en las tierras de Guerrero y Oaxaca, la chilena empezó a absorber diversas influencias hasta que llegó a ser una variante del son mexicano, con el cual comparte rasgos musicales y coreográficos,” dice el artículo. “Bailada por gente indígena, negros y mestizos, la chilena ha evolucionado con sus propias características regionales.

Musicalmente, la chila es un estilo lírico interpretado con una variedad de formatos instrumentales. Originalmente, se tocaba con el conjunto de cuerdas, que incluía el violín y la arpa. A mediados del siglo XX, muchos tríos populares tocaban chilenas, abandonando los violines a favor de las guitarras y requintos. El compositor mexicano Álvaro Carrillo, autor de muchos boleros famosos de la época, es conocido también por haber escrito varias chilenas, incluso una que, apropiadamente, lleva el título, “Pinotepa.” Hoy, las chilenas son tocadas popularmente por las bandas, con una batería impulsora y secciones de trompa y de viento, como se puede escuchar en esta versión muy diferente de la misma canción de Carrillo, interpretada por Pepe Ramos, conocido como el “Rey de las Chilenas.”

Los mexicanos dejaron su huella también en los pasos del baile, derivados del estilo popular de la cueca chilena. La chilena mexicana toma prestados los pasos saltantes y cabriolados de la cueca, y los bailarines aún usan pañuelos que mueven en círculos arriba de la cabeza. Como la música, sin embargo, el baile para la chilena también fue mexicanizado, como se ve en este video[.2] , con una breve introducción en inglés.

La Colección Frontera contiene varios ejemplos de la chilena mexicana, como también de la cueca chilena original. La mayoría de las grabaciones de la cueca están en discos de 78 rpm. Reflejan un estilo tradicional con acompañamiento de cuerdas o de orquesta, como “Viva Chile” por Los Huasos de Chincolco, o el elegante acompañamiento para el barítono español Juan Pulido cuando canta la composición de Ernesto Lecuona, “Chilena Gentil.” (La chilena del título se refiere a una mujer, no al género.) También hay cuecas más recientes, como “Los 60 Granaderos” por el Trío Los Panchos de México y “La Espiga” por la cantante de música ranchera Lola Beltrán, en un arreglo de estilo huapango por Mariachi Vargas de Tecalitlán, una adaptación totalmente mexicanizada del estilo.

La búsqueda por chilenas por género, sin embargo, puede ser algo engañosa. Por ejemplo, los resultados dan una grabación de 78 rpm, “Corazones Partidos” por Dúo Cornejo-Cácares, que es de hecho una cueca tradicional pero que es identificada como una “cueca chilena,” que quiere decir de Chile, no del género mexicano. Además, la búsqueda por género muestra sólo una versión de lo que es considerado el epítome de la chilena mexicana, “La Sanmarqueña,” una oda a las mujeres de San Marcos, Guerrero. Pero una búsqueda por canciones con ese título, por la otra mano, nos da tres versiones más de “La Sanmarqueña” que no son identificadas específicamente como chilenas. Este problema surge porque el género se anota en la base de datos solamente cuando el nombre del género aparece en la misma discográfica. (Curiosamente, la única canción identificada bajo la búsqueda por género, por Los Cancioneros del Sur en Columbia Records, no aparece bajo la búsqueda por título porque está escrito como dos palabras, “San Marqueña,” en vez de tener el título más común de una sola palabra.) La lección: ¡Siga buscando!

“La Sanmarqueña” es considerada un pilar tan importante en la música que aun existe un mini-documental de 25 minutos que explora la historia de la canción. El narrador explora cuestiones de la autoría de la canción, que generalmente se atribuye a Agustín Ramos, como esto es lo que dicen dos grabaciones en la Frontera. Sin embargo, el video establece a través de entrevistas que de hecho fue escrito por un sacerdote afro-mexicano llamado Emilio Vázquez Jiménez, a quien supuestamente le gustaban las mujeres hermosas de la región. El narrador aun identifica al sujeto de la inspiración del sacerdote: la sanmarqueña Doña Rosa Baltazar. Pero la identidad de la mujer también se disputa. El video reconoce que el tema de la canción es otra joven, Eleuteria Genchi, apodada cariñosamente “la Cumanchín.”

“La Sanmarqueña” fue elevada a un estatus clásico en un arreglo sinfónico por la Orquesta Sinfónica de Acapulco. La canción también fue conmemorada en la película de 1952 Subida al Cielo por el célebre director Luis Buñuel, que fue nominado en el Cannes Film Festival ese año. En la película, conocida en inglés como Mexican Bus Ride, la voluptuosa Lilia Prado interpreta “La Sanmarqueña,” pero como réplica a las faroleadas de pueblito de una mujer de otro lugar.

La chilena se ha vuelto tan versátil que se trasfiere fácilmente del auditorio sinfónico al salón de baile a las calles. “Todo el mundo baila la chilena, sin importar la clase social,” dice el sitio de web pedagógico chileno. “En los fandangos costeños, la música no tiene barreras y junta a todos como iguales.” Aun hay una variante conocida como la chilena mixteca, cantada en el idioma nativo de los indígenas mixtecos de la región. Estilísticamente, suena como primo distante de la chilena, tocada sencillamente como una cumbia recortada y bailada hasta más sencillamente con un paso de lado a lado, con los brazos rígidos a los lados.

La chilena mexicana también refleja los fuertes elementos africanos de la región, una parte distintiva de la cultura de Costa Chica. Como grupo étnico, los mexicanos negros emergieron cuando los descendientes de los esclavos se casaron con la población indígena. Recientemente, han empezado a afirmar su identidad, que en el pasado había sido mayormente subsumido bajo la cultura más general. Un documental, todavía en rodaje, explora la herencia afro-mexicana de la Costa Chica, con un eslogan que dice, “Nunca más un México sin afromexicanos.” Otro documental que está en producción, ésta una producción franco-mexicana, señala el creciente interés en el tema.

Entonces, un descubrimiento nos lleva a otro. Eso es lo bello de la Colección Frontera. Es como un río musical, y mientras uno deambula por sus afluentes, uno nunca sabe lo que encontrará.

 

Agustín Gurza

 

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Canciones de Desastre, Parte 2: Tiembla, Repiquetea y Rueda

En mi último blog, miré la historia de las canciones de desastre y mencioné unos ejemplos de la Colección Frontera. Pero resulta que una de las canciones más originales y provocativas de este género se trata de un desastre que nunca ocurrió.

Cataclismo en Pinotepa” por Los Andariegos (Alborada AB-00301) es una canción sobre el pánico público que se apoderó del pueblo de Pinotepa Nacional, al sureste de Acapulco, en 1977, después de que los periódicos publicaron predicciones científicas de un terremoto inminente. Esa controvertida predicción fue basada en un estudio publicado por sismólogos en los Estados Unidos que habían notado un gran intervalo de tiempo entre los grandes terremotos en el estado de Oaxaca, por la costa del sur de México, uno de los lugares más sismológicamente activos en la Tierra. “No se ha intentado proveer una firme predicción de cuándo ocurrirá,” dice el reportaje por un equipo internacional basado en el Laboratorio de Geofísica en la Universidad de Tejas en Galveston. “Sin embargo, una reanudación de la actividad sísmica en la región de Oaxaca podrá preceder un seísmo principal.”

Obviamente, los investigadores fueron reacios a identificar una fecha específica para el temblor, pero rápidamente la prensa y la fábrica de rumores local proveyeron una. Pronto, las advertencias de un terremoto inminente llevaron a una conclusión exacta que golpearía a Pinotepa el domingo, 23 de abril de 1978. La región condenada también sería inundada por un tsunami subsecuente, según los pronósticos sensacionalistas.

Eso fue suficiente para causar un éxodo significativo. Los residentes aterrados vendieron sus casas y bienes con pérdidas, y luego huyeron para salvarse la vida. “La psicosis causada por la alarmante noticia los ha conducido a vender sus propiedades al mejor postor,” escribieron dos profesores de geofísica de la Universidad de México, Tomás Garza y Cinna Lomnitz. “Uno se pregunta: ¿Quiénes son estas personas que están comprando propiedades baratas por la costa de Oaxaca?”

Sin demora, la prensa amarilla proveyó unas respuestas disparatadas a esa pregunta. Un periódico de Acapulco reportó un “un poder extranjero” había incrustado cargas nucleares dentro de la falla del terremoto cerca de la costa de Oaxaca y que pensaba detonarlas el 23 de abril por control remoto desde un avión. La mayoría de la gente descartó esa explicación como demasiado extraño para creer. Pero muchos residentes fueron convencidos de que reservas de petróleo o uranio habían sido descubiertas en la zona y que los extranjeros estaban alentando los rumores para poder comprarse arrendamientos de terreno baratos.

Aunque el terremoto pronosticado no llegó ese día, el pánico en sí llegó a ser el desastre. Las pérdidas de propiedad de la liquidación “fueron comparables a las que se padecen de un terremoto verdadero,” concluyeron Garza y Lomnitz en su estudio, The Oaxaca Gap: A Case History (La brecha oaxaqueña: Una historia de caso).

Estas “réplicas” fueron principalmente psicológicas. En la canción por Los Andariegos, la letra desata una denuncia amarga y feroz de los “sabios idiotas” que abusan su conocimiento, y de la prensa sensacionalista que trafica el chisme. La canción, con acompañamiento en guitarra y una melodía melancólica típica de la música folklórica de Oaxaca, abre con una crítica fuerte de los “desgraciados yanquis” que “anuncian en grandes letras” que Pinotepa perecería.

 

Pongan cuidado, señores, lo que pasa en estos tiempos.

El ignorante la riega por su falta de talento.

Pero hay sabios que de plano son brutos de nacimiento.

 

Año del ’78, para que el mundo lo sepa,

Unos desgraciados yanquis anuncian con grandes letras

Que el día 23 de abril, se perderá Pinotepa.

 

Higinio Peláez y su esposa Fidela Vera, descendiente de músicos del pueblo de Pinotepa Nacional, han estado a la vanguardia de la preservación y promoción de la música folklórica de Costa Chica, una región a lo largo de la costa de Guerrero y Oaxaca. Interpretaban con sus hijos, y fueron entre los primeros que hicieron grabaciones de estudio de la música, a través de sus grupos, como Los Andariegos y particularmente Los Multisónicos.

La canción fue escrita por el difunto Higinio Peláez Ramos, un respetado compositor e intérprete de la conmovedora y evocadora música folklórica de la zona. Peláez fundó Los Andariegos y a menudo cantaba acompañado por Fide Vera (nacida Fidela Vera Rodríguez), quien era su esposa y fiel colaboradora musical. Los dos se conocieron en Pinotepa Nacional, pero tuvieron que fugarse para casarse, escapándose del pueblo en disfraz para evitar las iras del padre de la novia. Tuvieron varios hijos, también músicos. Dos de sus hijas, Rodolfina y Fidela, aparecen en los créditos de la canción sobre Pinotepa, identificadas en la base de datos de Frontera como “Rodi Y Fide Peláez Vera.”

En su canción, el compositor ensarta sin piedad a la prensa, lo cual presagia el ambiente actual de desprecio absoluto hacia los medios de comunicación. Retrata a los reporteros como chismosos del patio que se disfrutan del sufrimiento de la gente. Culpa a sus reportajes “criminales” – “sin una pizca de conciencia” – de haber vuelto loca a la gente y de haberlos dejado indigentes (“en la miseria”) después de haber liquidado sus pertenencias. Una estrofa da la imagen de histeria colectiva: Cuando llegó la fecha, la gente fue tan traumatizada por la diseminación de las “noticias exageradas” que aun el zumbido de una mosca los destrozaba.

 

Y como si ver sufrir fuera una cosa bonita,

Los medios de difusión jugando a las comadritas

Anuncian que un maremoto se puntará a Costa Chica.

 

Esta criminal noticia, sin la mínima conciencia,

Provoca que mucha gente casi rayen en la demencia,

Y se queden en la miseria al vender sus pertenencias

 

Cuando la fecha llego, la gente traumatizada,

Hasta el zumbar de la mosca los nervios les destrozaba.

Esto hace la difusión de notas exageradas.

 

El último tiro del compositor lleva un toque de anti-intelectualismo:

 

                        En fin aquí me despido, atrás de este conducto,

Y maldigo a los que estudian para provocar disgustos.

Prefiero ser ignorante, pero no ser sabio bruto.

 

Resulta, sin embargo, que el compositor, como otros críticos mexicanos, tendrían que comerse las palabras hasta cierto punto. Un gran terremoto sí golpeó la región de Oaxaca, pero no en el día determinado por la especulación no científica. Un sismo de magnitud 7.5 llegó siete meses más tarde, el 29 de noviembre de 1978. Afortunadamente, el daño que causó fue poco. Un equipo de sismólogos de Caltech y la Universidad de México le hicieron caso al pronóstico y armaron un sistema de sensores que estaban listos cuando pegó. Lo llamaron “Atrapar un Sismo.”

Fue una oportunidad única de medir un terremoto en tiempo real, pero vino con una advertencia sobre la ciencia de predecir los sismos, que todavía estaba en desarrollo. “Lo que le pasó a la gente de esa zona de México como resultado no sólo de esta predicción científica cuidadosamente evaluada, sino también de una profecía no científica y ampliamente difundida relacionada a ella, fácilmente podría ser el guion de lo que podría pasar bajo circunstancias parecidas en, por ejemplo, el Sur de California,” escribió la difunta Karen McNally, destacada sismóloga y antigua directora del Richter Seismological Laboratory en UC Santa Cruz. También mencionó que este caso impulsó a los científicos a urgir al público a “prepararse para manejar tanto las predicciones de sismos como los verdaderos sismos.”

Una década más tarde, McNally predijo correctamente el terremoto devastador de 1989 en Loma Prieto, en el Norte de California, que mató a 57 personas. McNally estaba lista para ése también. Había instrumentos instalados a lo largo de la Falla San Andreas cuando pegó el terremoto, así que los registros que resultaron fueron los mejores que se habían obtenido hasta la fecha, y proveyeron información valiosa sobre las fallas y su comportamiento.

Como se esperaría, la Colección Frontera tiene canciones sobre ese desastre también. “La Tragedia de San Francisco” por Los Rebeldes del Bravo de Moises Contreras (Joey 3184) se refiere al momento en que pegó el terremoto en Loma Prieta, el 17 de octubre a las 5:04 pm, justo cuando el Partido 3 de la Serie Mundial iba a empezar. Como quiso la suerte, en la serie se enfrentaban dos equipos de la duramente afectada Bahía de San Francisco, los San Francisco Giants y los Oakland Athletics. (“Toda la atención estaba a ver quién iba a ganar / Entre Oakland y San Francisco en esa serie mundial.”) De repente, salió el temblor “de las entrañas del Diablo,” como lo describe la canción vívidamente.

Como mencioné la última vez, el temblor de Loma Prieta es también el tema de una canción, “El Temblor De San Francisco,” por el artista tejano-mexicano Steve Jordan, quien estaba en camino desde Corpus Christi, Tejas, yendo a un concierto en San Francisco, cuando pegó el temblor, aplastando la carretera 880 “como una tortilla” y, claro, cancelando la gira.

La Colección Frontera incluye también canciones sobre temblores en Nicaragua, Guatemala y el devastador temblor de la Ciudad de México de 1985. Pero buscar las canciones sobre temblores es casi tan complicado como predecirlos. Hay al menos dos maneras de expresar esta idea en español. Una búsqueda bajo el término “temblor” produce diez diferentes grabaciones, y una búsqueda bajo la palabra “terremoto” rinde cinco más.

Los resultados incluyen unos corridos de dos partes en discos de 78 rpm. Sin embargo, si uno escucha con cuidado, se da cuenta de que dos de éstos son de hecho la misma canción sobre el mismo desastre, aunque llevan diferentes títulos. Son “Los Temblores De Oaxaca” (Brunswick 41287, partes 1 y 2) y “Los Temblores en México” (Columbia 4441-X, partes 1 y 2), escritos por L. M. Bañuelos y los dos interpretados por Hermanos Bañuelos (identificado en el sello de Columbia como “Bolaños”). ¿Pero de cuáles temblores cantan? Como todos los buenos corridos, las letras proveen una pista por dar la fecha: el 14 de enero. Sin embargo, no como las otras baladas narrativas, ésta no dice el año. Con una mirada en una lista de terremotos en Wikipedia de la primera mitad del siglo XX, cuando eran populares los 78s, podemos deducir que la canción se refiere al terremoto de magnitud 7.8 que golpeó a Oaxaca el 15 de enero de 1931.

Algunas canciones sobre temblores no aparecen bajo las búsquedas con los términos comunes, como “temblor” y “terremoto,” porque esos términos no siempre aparecen en los títulos. Pero estas otras canciones de desastre aparecen cuando uno busca con la palabra “earthquake” en inglés, ya que esta palabra aparece en las anotaciones explicativas para algunas canciones. Así que la búsqueda en inglés nos da títulos como “Tragedia de Nicaragua,” “Dolor y Tristesa [sic] en México” y “Corrido de Guatemala.”

Aun así, no se puede juzgar toda canción de desastre por su título. Hay una llamada “Earthquake” que no hace temblar ni a la pista de baile. Es un instrumental suave con un ritmo lento del director musical neoyorquino Tito Rodríguez, arreglado por el famoso músico cubano Chico O’Farrill.

Luego hay el grupo llamado California Earthquakes, que no tiene nada que ver con los desastres naturales, aunque con respecto a la música, se acercan a esto. Su canción novedad bilingüe “Mexican Dinner” (“Cena Mexicana”), por ejemplo, abre con el sonido de un motor a reacción y un narrador que anuncia la destinación (“Y nos vamos a la Placita Olvera a Los Ángeles, California.”) La cancioncilla, una mezcla de tejano-mexicano y rock de los ’50, rápidamente recae a referencias cursis a la comida, incluso doble significados sobre tamales y burritos. (“Hey, gringo, de veras you like Mexican dinner?”) Una estrofa incluye una amenaza no tan velada de violencia si la “Mexican Dinner” no se sirve pronto.

 

Si tu no me das Mexican Dinner,

Me pongo muy furioso,

Y no va ser curioso.

Yo voy a enloquecer,

Si no hay Mexican Dinner.

 

Puede que ésta no sea canción de desastre, pero lo cierto es que es una verdadera catástrofe.

-Agustín Gurza

 

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Canciones de Desastre: Narrando la Tragedia en Cualquier Idioma

La mayoría de la gente sabe que el peor desastre natural en la historia de California fue el terremoto en Los Ángeles en 1906. ¿Pero cuál calamidad sería el número 2? Ésa ocurrió en Los Ángeles en 1932: una rotura de dique catastrófica que mató a 600 personas, aniquiló barrios hasta el mar cerca de Ventura, y terminó la carrera de William Mulholland, el famoso ingeniero que había diseñado el sistema de aguas para la nueva metrópolis que florecía en el desierto del Sur de California.

El colapso a medianoche del dique de St. Francis puede haberse borrado de la memoria. Sin embargo, es relatado en detalle en dos grabaciones de 78 rpm contenidas en la Colección Frontera. Una de las canciones, La Inundación de California por Cancioneros Acosta, ofrece un resumen dramático del desastre. La otra grabación, La Inundación De Santa Paula por Esparza y Camacho, narra el terror de la gente río abajo que fueron despertados por el golpe de una pared de agua en el pueblo, ubicado en una zona baja que quedaba por el camino de la inundación, que viajó 54 millas hasta el Pacífico.

He vivido la mayoría de mi vida como adulto en Los Ángeles, pero admito que yo no conocía este evento hasta que encontré estas canciones en el archivo. De hecho, hay docenas de las llamadas canciones de desastre en la base de datos de Frontera. Se pueden considerar una especie de noticiero musical, con muchas contadas como relatos de testigos que vieron el caos que trajeron los huracanes, inundaciones, tornados, terremotos y volcanes.

La canción de desastre tiene una larga tradición en muchas culturas, y existían por siglos antes del sonido grabado. Desde el siglo XVII en Europa, las noticias sobre los catástrofes se difundían a través de las baladas del costado, con versos impresos en hojas de papel y cantados por trovadores viajantes. Los rastros de esa tradición pueden verse en la reacción a los ataques terroristas de 9/11 en los Estados Unidos, que provocaron una ola global de nuevas canciones de desastre, “comprobando así que la función social y relevancia del género continúa,” según el etnomusicólogo Revell Carr.

En su ensayo, “We Will Never Forget” (“Jamás Olvidaremos”), publicado en 2004 por Voices, the Journal of New York Folklore, Carr explica por qué a la gente le encanta escribir y escuchar canciones sobre desastres, aun hoy, cuando las noticias pueden obtenerse instantáneamente. Menciona el naufragio de Titanic en 1912 como el primer desastre “mediado globalmente,” inspirando a los compositores en los EEUU a registrar los derechos del autor de más de 100 canciones en los ocho meses que siguieron la tragedia.

Las canciones de desastre “sirven de catalizadores para communitas y ayudan a curar las heridas psíquicas después del desastre, y capitalizan el deseo que compartimos los seres humanos de dar testimonio—todo esto siendo parte del mismo proceso de superar el caos y confusión de los dramas sociales traumáticos,” escribe Carr, quien ahora es profesor en la Universidad de Carolina del Norte en Greensboro. “Las canciones de desastre funcionan como acción reparativa, ya que comunican sentimientos y emociones compartidos, a través de lo cual se puede solidificar un vínculo social con los demás en los días y semanas después de un desastre.”

Después de haber estudiado más de 200 de tales canciones, Carr identificó seis características que definen el género: un evento real en el cual hubo un número significativo de vidas perdidas, mención de la fecha, empatía por las víctimas, un estilo sensacionalista de tabloide y temas como “advertencias ignoradas, la culpabilidad humana y la retribución divina.” Los criterios me recordaron del ensayo en que se definen las características del corrido mexicano, escrito por el difunto Guillermo Hernández, profesor de español y portugués, quien dirigió el plan de traer la Colección Frontera a UCLA. (El ensayo de Hernández, “What is a Corrido” (“¿Qué es un Corrido?”) fue reimpreso en mi libro sobre la Colección Frontera.)

Muchas delas características de los corridos descritas por Hernández coinciden con las descripciones de Carr. Así que no es sorprendente que muchas canciones de desastre en español son corridos. Un ejemplo clásico, “Corrido De Las Inundaciones” por Dueto Ray y Lupita, tiene varias de las características para los dos géneros:
 

Evento real:                             Hurricane Hilda 

Tiempo y lugar:                       Septiembre de 1955
                                             Tampico (en la costa del golfo                                                               en México)

Graves pérdidas humanas:      Sufrieron pobres y ricos
                                             Por donde pasó el ciclón
                                             Pobre el puerto de Tampico
                                            Casi todo lo arrasó.

Culpabilidad humana:             Todos estos sinsabores
                                            Que sufre nuestra nación
                                            Son causa de los errores
                                            Y tanta equivocación

Retribución divina:                 ¿No creen ustedes, señores,
                                            Que es un castigo de Dios?

Crear comunidad:                   Aquí terminó el corrido,
                                             Y gracias por su atención.
                                             Dios quiera que lo ocurrido
                                             Nos sirva como lección,
                                             Que el mexicano esté unido
                                             En la alegría y el dolor.

 

Mientras yo escuchaba varios de estos corridos calamitosos, me llamaron la atención las imágenes vívidas creadas por los compositores—no meramente descripciones de la destrucción, sino las consecuencias y el daño humano. El poder de la palabra precedió las imágenes que ahora vemos omnipresentes en la televisión, los celulares y las pantallas de computador.

Como escribió el experto en los corridos mexicanos Vicente T. Mendoza, “Es en estos casos que el corridista contribuye sus poderes de observación, ya que no omite ni el menor detalle, y pinta cuadros que son sorprendentes por su realismo y precisión con respecto a los horrores de nuestra desgracia colectiva.”

Mendoza es citado en el sitio web “Corridos de Desastres,” creado para estudiantes por el difunto James Nicolopulos, un colaborador cercano del fundador de Frontera, Chris Strachwitz. Mendoza comenta sobre una balada de costado del siglo XIX sobre un descarrilamiento de tren, “El Descarrilamiento de Temamatla,” que cita como el prototipo del corrido de desastre mexicano. (Este costado, y otros sobre contratiempos con trenes mexicanos que están incluidos en una colección de la Universidad de Tejas en Austin, fueron escritos por el famoso impresor y grabador mexicano José Guadalupe, Posada.)

Por razones personales, una de mis preferidas canciones de desastre en la Colección Frontera relata la súbita erupción de un volcán en un campo de maíz en Michoacán en febrero de 1943. La canción, “Paricutin,” que es el nombre del volcán, empieza con la historia verdadera del campesino que estaba en su campo cuando la tierra empezó a retumbar y le empezó a salir humo y gases sulfúricos, que olían a huevo podrido. Aterrorizado, corrió al pueblo – “sin sombrero” – para contarles a sus vecinos lo que pasaba.

Los científicos y la prensa del mundo entero inundaron el lugar, que quedaba cerca de la ciudad de Uruapan, para documentar la erupción. Entre los reporteros que estuvieron ahí está mi tío, Luis Gurza Villareal, quien grabó un noticiero del evento. El metraje, que vi en la Ciudad de México, lo muestra en medio de trozos de lava humeante que caían a su alrededor y de los cuales apenas se escapaba.

No todas las canciones de desastre incluyen relatos de testigos u osadas escapadas por un pelo. El artista tejano-mexicano Steve Jordan y su banda estaban en camino de Corpus Christi, Tejas, a un concierto en San Francisco cuando escucharon las noticias sobre el Terremoto de Loma Prieta de 1989, que ocurrió en la región de la Bahía de San Francisco. Como relata el cantante en “El Temblor De San Francisco,” habían llegado hasta Houston cuando escucharon las noticias que el terremoto había aplastado la carretera de 880, que era de dos niveles, “como una tortilla.”

En algunas canciones, los desastres son exclusivamente personales. En “Centella Maldita,” Los Cardenales del Valle lamentan el momento en que le cayó un rayo a su madre, por lo cual se murió. Es triste, pero una sola víctima no hace una canción de desastre.

Y tenga cuidado con los títulos engañosamente desastrosos. “El Huracán” por (lo adivinó) Los Huracanes no se trata de un evento letal del clima. Es una queja sobre alguien que pasa por la vida como un huracán, “causa destrucción por donde pasa.”

La Colección Frontera contiene un buen número de canciones sobre desastres en Tejas; esto se entiende, ya que se especializa en la música tejana-mexicana de la región fronteriza. Hay más de una docena de canciones sobre el Huracán Beulah, la tormenta más fuerte que jamás ha experimentado la costa atlántica, en 1967, que entró en tierra justo al norte de la boca del Río Grande, engendrando un récord de 115 tornados en Tejas, que causaron enormes inundaciones y mataron a casi 700 personas. Hay también media docena de grabaciones sobre el Huracán Celia, que abatió sobre Tejas el 3 de agosto de 1970, con vientos tan altos como 180 millas por hora en el Condado de Nueces, dejando a 28 muertos y a casi todos los edificios dañados en el centro de Corpus Christi.

Dado que hay tantos pequeños sellos discográficos independientes representados en la colección, encontramos varias canciones sobre desastres que fueron para ellos locales y que de otra forma no se habrían documentado. Una oleada de sellos tejanos se apuró para grabar corridos sobre un tornado que golpeó a Lubbock, Tejas, en mayo de 1970, tres meses antes de Celia. Éstos incluyen a dos compañías discográficas – Jilguero y Shalovo – ubicadas en o cerca del mismísimo Lubbock.

Dos ejemplos más de canciones locales: “La Tragedia de Teton,” sobre el derrumbe letal de una presa en el Río Teton en Idaho, fue lanzado por Don Pepe Records, basado en Pocatello, Idaho. Y “La Tragedia del Big Thompson” por Los Petroleros del Norte, un corrido sobre la inundación repentina más mortífera en la historia de Colorado, se encuentra en el sello Alvarado, basado en Brighton, Colorado.

Pero cuando se trata de descripciones detalladas y empatía con las víctimas, hay pocas canciones de desastre que igualan la calidad del relato de Cancioneros Acosta del derrumbe de la presa de Los Ángeles. Busqué y busqué las letras en internet, ya que las voces en el 78 rpm rayado en la colección son difíciles de percibir. Encontré una página dedicada exclusivamente a esta canción, que fue escrita poco después del derrumbe de la presa de St. Francis hace 88 años. Es un sitio de música con el título provocativo de “Modernidad y Obsolescencia.”

Las últimas cuatro estrofas describen los horrores del muro de agua de 10 pies de altura que chocó con comunidades durmientes, incluso un campo cercano de campesinos itinerantes, en medio de la noche. La inundación causó apagones y forzó a los residentes a huir en la oscuridad para salvarse la vida. Estas letras demuestran la magnitud de la tragedia.

 

Por el poder infinito estaba ya destinado
el que tantos inocentes debían de morir ahogados.
En menos que te lo cuento, el valle era una laguna,
y la corriente arrastraba sin dejar casa ninguna.

La gente dice familias luchaban desesperadas
cargando a todos sus hijos y sus cosas más amadas.
Se oía quejar lastimero a gente horrorizado 
Auxilio pedía a gritos. ¿Cómo ayudarlos? Dios Santo.

Madre mía no me dejes, decía un infortunado
que si me dejas solito me voy a morir ahogado.
Era una lástima oír a las madres que lloraban
y de dolor angustiadas por sus hijos preguntaban.

Una niña de tres años lloraba inocentemente
al ver que sus padres iban ahogados en la corriente.
Cadáveres se encontraban; era una lástima verlos
Supervivientes ya nunca pudieron reconocerlos.

 

La próxima vez, miraremos las canciones sobres terremotos, incluso canciones sobre temblores relativamente recientes en la Ciudad de México, Los Ángeles y San Francisco.

 

--Agustín Gurza

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